Cómo esta profesora descubrió por qué se despertaba con dolor cada mañana, y lo solucionó con una simple almohada.
Elena Navarro, profesora de 49 años, siempre había sido la persona "fuerte" de la familia. La que se levantaba antes que nadie, preparaba el desayuno de sus dos hijos y llegaba al instituto con una sonrisa, aunque por dentro algo no iba bien.
Cada mañana era la misma historia: se despertaba con el cuello rígido, un dolor sordo entre los hombros y la sensación de no haber descansado nada, como si en lugar de dormir hubiera estado peleándose con la almohada toda la noche.
Al principio le restó importancia. "Será la edad", pensaba. "Será el estrés del trabajo."
Pero el dolor no se iba. Se acumulaba.
Empezó a notar que se distraía en clase, que perdía la paciencia con sus alumnos, que llegaba a casa agotada y de mal humor sin motivo aparente. Su marido, Javier, le decía que dormía fatal: daba vueltas, resoplaba, cambiaba de postura veinte veces por noche buscando una posición que nunca llegaba.
Una noche, después de otra jornada despertándose a las 4 de la madrugada con un pinchazo en el cuello, Elena se sentó en el borde de la cama y pensó algo que llevaba meses evitando:
"¿Y si el problema no soy yo... sino dónde apoyo la cabeza ocho horas cada noche?"